En la última década, Argentina ha sido testigo de una caída sostenida en su tasa de natalidad. De acuerdo con datos del Ministerio de Salud de la Nación, en 2023 se registraron 460.902 nacimientos vivos en el país, lo que representa una disminución del 48% respecto del año 2000. Esta tendencia descendente se mantiene de forma continua y es aún más marcada entre las madres adolescentes, cuya tasa de fecundidad cayó un 64% desde 2005.
Este fenómeno, aunque compartido con otras naciones, adquiere particular relevancia en el contexto argentino, donde los cambios culturales, económicos y educativos han impulsado nuevas formas de pensar la planificación familiar. Entre las causas más significativas se encuentran el mayor acceso a métodos anticonceptivos, la consolidación de la participación laboral de la mujer y, en los últimos años, la elección consciente de postergar la maternidad.
En Argentina la tasa actual de fecundidad ronda los 1,6 hijos por mujer, un nivel insuficiente para mantener el reemplazo poblacional. Además de representar un fenómeno regional —junto a Chile, son los países con tasas más bajas de Latinoamérica—, esta caída plantea serios desafíos en términos de sustentabilidad previsional, estructura de servicios de salud y transformaciones sociales profundas, como el aumento de hogares sin hijos o unipersonales.
Las cifras lo demuestran. Entre las madres con menor nivel educativo (hasta primaria completa), los nacimientos se redujeron un 77% desde 2005, mientras que en los niveles educativos superiores la disminución fue de solo un 7%. Estos datos reflejan que el cambio en las trayectorias reproductivas está estrechamente ligado al acceso a información, educación y posibilidades de autonomía económica.
El Dr. Agustín Pasqualini, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMeR) señaló: “la sociedad actual está atravesando un cambio de paradigma en relación con la maternidad. Cada vez más mujeres sienten que no necesitan definir tempranamente si quieren o no ser madres. Hoy existe un proceso más reflexivo, en el que muchas eligen tomarse tiempo para decidir mientras desarrollan otros proyectos personales o profesionales. En ese contexto, herramientas como la criopreservación de óvulos permiten ampliar el margen de elección y evitar que el tiempo biológico sea el único factor que determine esa decisión”.
Sin embargo, la naturaleza biológica no siempre acompaña esas decisiones. La fertilidad femenina comienza a disminuir de manera progresiva a partir de los 30 años y el descenso se acentúa después de los 35. A los 40, las posibilidades de lograr un embarazo espontáneo son significativamente menores. Y es precisamente en este punto donde las técnicas de reproducción asistida cobran protagonismo.
Entre ellas, la criopreservación (o congelamiento de óvulos) ha ganado relevancia como una alternativa efectiva y segura. Es una técnica de medicina reproductiva que permite congelar y almacenar óvulos (óvulos maduros extraídos de los ovarios) a muy bajas temperaturas (generalmente a -196 °C en nitrógeno líquido), con el objetivo de conservar su viabilidad y calidad en el tiempo. Cuando una mujer decide intentar un embarazo, esos óvulos pueden ser descongelados, fecundados y transferidos al útero mediante fertilización in vitro (FIV).
“La utilidad principal de la criopreservación es preservar la fertilidad de la mujer, es decir, conservar la posibilidad de ser madre con sus propios óvulos más adelante, cuando su fertilidad natural podría haber disminuido. Esto es importante porque, a medida que avanza la edad, la cantidad y la calidad de los óvulos disminuyen de forma progresiva y natural”, advirtió la Dra. Andrea Divita , médica especialista en Medicina Reproductiva, miembro del Comité de Acreditaciones de SAMeR.
Entre las principales indicaciones de la criopreservación se encuentra la postergación de la decisión reproductiva. Muchas mujeres eligen preservar sus óvulos para mantener abierta la posibilidad de ser madres con sus propios óvulos más adelante, sin necesidad de definirlo en el presente. En ese sentido, congelar óvulos permite, en cierto modo, “pausar” el impacto del paso del tiempo sobre la calidad ovocitaria y ampliar las opciones reproductivas más adelante.
También se recurre a esta técnica ante la presencia de tratamientos médicos que afectan la fertilidad, como los oncológicos (quimioterapia, radioterapia), las cirugías ováricas, las terapias con inmunosupresores durante tiempos prolongados, el diagnóstico de baja reserva ovárica temprana o condiciones ginecológicas o inmunológicas complejas (enfermedades como la endometriosis, el lupus o trastornos autoinmunes pueden comprometer la fertilidad futura).
“Cuando una paciente llega a los 40 años sin saber que su reserva ovárica es baja, y sin haber tenido la posibilidad de criopreservar antes, muchas veces ya es tarde. Por eso insistimos en la importancia de que los ginecólogos hablen de fertilidad en las consultas periódicas, igual que hablan de anticoncepción”, enfatiza la Dra. Divita.
La libertad reproductiva implica también tener acceso a la información clara y a las herramientas que ofrece la medicina moderna. No se trata solo de acompañar a quienes desean ser madres, sino de brindar opciones para que cada mujer pueda decidir sobre su proyecto reproductivo con mayor autonomía, sin que el tiempo biológico sea el único condicionante.
“El desafío es acompañar las nuevas decisiones reproductivas con información clara, educación en salud reproductiva desde edades tempranas y el acceso a las herramientas que la medicina moderna puede ofrecer”, concluyó el Dr. Pasqualini.





